
Piratas del Támesis Una franquicia en el cine es la adaptación de una propiedad intelectual que incluye los personajes, el escenario o las marcas registradas de una obra original procedente del mismo medio o cualquier otro. En general, se planifica una serie de films, con mucha antelación y los actores y directores a menudo firman contratos para múltiples películas garantizando su participación.
Tan aséptica e industrial concepción del cine es uno de los principales motores de la producción actual de
Hollywood.
El sueño juvenil de ver trasladado a nuestro héroe favorito al mundo del celuloide es en la actualidad la gallina de los huevos de oro para las arcas recaudatorias de los grandes estudios. Se abrió la veda de la licencia y así tenemos a productores a la caza para
fabricar la enésima
película del verano o de las Navidades, entretenimientos inflados de estrellas y efectos especiales.
La saga Piratas del Caribe es la más inexplicable de las franquicias fílmicas y parece marcar un antes y un después dentro de esta forma de hacer cine. Basada en una atracción de parque temático, apostó por un antihéroe afeminado, borrachín y excéntrico (Johnny Depp) y lo arropó con un carpetero en ciernes (Orlando Bloom), una damisela de rompe y rasga (Keira Knightley) y un villano tan repulsivo como atractivo (Geoffrey Rush). La trama era lo de menos mientras sus largos metrajes dieran para barcos y fantasmas digitales luciendo entre estruendosas fanfarrias.
Joel Silver parece haber comprendido que el modelo de los piratas de
Jack Sparrow es el camino a seguir, y a falta de superhéroes, ha apostado por
Sherlock Holmes como franquicia. A priori el detective de
Baker Street no se adapta al perfil, aunque sinceramente las audiencias están más familiarizadas con las numerosas adaptaciones previas que con las propias novelas de
A. Conan Doyle. ¿Se puede dotar de espectacularidad al mejor de los investigadores privados?
Holmes se nos presenta como una especie de Jason Bourne victoriano pasadísimo. Robert Downey Jr., al que todavía no olvidamos como Tony Stark, decide llevar la supuesta afición por las drogas del investigador a un nuevo nivel. Como si se encontrara en un continuo viaje, se pasa las dos horas largas del film, repartiendo leches, posando para un ficticio photocall y haciendo deducciones en voz alta con un acento británico improbable. Ni rastro de la flema de Holmes y mucha flema propia de la sequedad post-chute. Robert, Londres no es la Cocina del Infierno.
Secundando a Downey Jr., tenemos a un Jude Law que encarna a un Dr. Watson de armas tomar, un sensato Silencioso Bob para un colgao Jay. Watson, va a sentar la cabeza y tiene que lidiar con un tipo que la ha perdido definitivamente. Más británico que un jersey Burberry, Law no tiene que esforzarse para superar al muy cargante Holmes.
Para interpretar a la chica de la película, Irene Adler, Rachel McAdams da el tipo de mujer del siglo XIX aunque apenas tengamos información de su rol, que va de ladrona con buen corazón y que se basa ligeramente en un personaje de la obra original.

Como malo malísimo,
Mark Strong debe haberse basado en villanos
Disney para encarnar a
Lord Blackwood, aunque al final parece más
Pierre Nodoyuna. Por el contrario,
Moriarty, némesis tradicional de
Holmes, se presenta entre sombras y saldrá… ¿en la segunda, tercera o cuarta parte?
Para manejar el batiburrillo, al menos Silver ha tenido el buen ojo de contratar a un británico, aunque muy del gusto americano. Guy Ritchie está bastante comedido para lo que viene siendo habitual en él y aunque le encanta jugar con el montaje y el tempo, al menos no estamos viendo un videoclip de dos horas.
Si el film se deja ver es porque sobre todo es una buddy movie al más puro estilo Arma Letal (también de Silver), quedando la trama en una mera excusa para que la pareja de héroes jueguen a ser socarrones. También ayudan la perfecta recreación del Londres de la época y una banda sonora moderna, en la que Hans Zimmer parece haber grabado una etílica jam session en una chatarrería.
Sherlock Holmes va a dar mucho dinero y se harán secuelas, pero si decepciona esta adaptación es precisamente por la desafortunada representación de la esencia del personaje, el detective infalible. El proceso deductivo se muestra de una forma tan artificial, que sólo ralentiza a una película que vende gato por liebre.
Curiosamente los mejores momentos son precisamente aquellos en los que el tono es liviano y fantástico, incluso
steampunk, asemejándose a esa adaptación libre que fue
El Secreto de la Pirámide. Eran otros tiempos, quizás antes todavía se hacían películas y no sólo productos. Elemental…